Las estrellas sí pueden verse. Muchas, casi todas. Y con más luz que nunca. El arena, el mar, el sol escondiéndose por allá, y naciendo por encima del mar. Saludando, iluminando, matando a la noche, despertando al día. Preguntándose si ese beso mañana volverá, seguirá vigente, si te acordarás, si será para el olvido, si realmente te habrás olvidado. El sol que cuando vuelvas a abrir los ojos va a estar en lo más alto, saludándote, dándote calor, incitándote a que te metas al grandioso y efusivo mar. Que nades, que la arena se te meta en la maya y te moleste. Que te tires abajo de una ola, que una de éstas te revuelque, que grites porque hay un aguaviva que en realidad fue un alga. Que un viejo sabio te diga que mejor vayas más para la izquierda porque ahí hay una canaleta, y cuidado con la corriente. Salir del mar y jugar al voley mojada, tirarte al piso para salvar una pelota que finalmente no lo lograste y convertirte en una milanesa. Milanesa como la que vas a cenar esa noche cuando llegues roñosa a tu casa, y te vayas a bañar, y te maquilles y transformes y conviertas en una chica hecha y derecha. Esa misma chica que va a dejar de ser hecha y derecha cuando vuelva caminando por la playa, con dolor de pies, los zapatos en la mano, charloteando con cualquier grupo de simpáticos que ande por ahí y te convide un poco de pan recién hecho. Y el sol que se asoma por el mar y otra vez el mismo ciclo.
Definitivamente esa es la única rutina que no te aburre. Que no le aburre. Que no me aburre. Villa Gesell, GRACIAS.