Ya cansada de las luces de Nueva York, pretende volver. La música de la famosa ciudad la cansó. Sí, siempre le gustó bailar, y gritar, y dar besos a cualquiera, pero ya no le gusta más. Le gusta hasta que la noche se acaba, hasta que sobre Nueva York nace el sol, surge lentamente, casi de la nada, pero al final lo es del todo. Ya no quiere bailar más. No quiere dar muchos besos. Quiere dar uno solo.
Ahora Nueva York tiene que ser más que Nueva York pero no encuentra la incógnita. Hace cuentas de todo tipo, la incógnita va y viene pero no puede encontrar la solución. Si tan sólo pudiera hacer una cuadrática y que le quedaran dos soluciones, así se daría cuenta, piensa. Pero seguramente encontraría la excusa para no encontrar a dónde tiene que viajar. Jamás va a lograr la cuadrática ni un buen despeje. Aunque en matemática le vaya muy bien.
Se compró los pasajes, todavía no sabe a donde. Todavía no los usa. Todavía ni piensa en acercarse al avión. Cuando los pasajes digan el destino, sin dudarlo un segundo, se sube. Sin valijas, sin maletas, sin nadie más. Sólo con las ganas terribles de abandonar Nueva York, esa ciudad que se muestra tan liberal pero que a ella la tiene atrapada.
Mientras tanto, sigue bailando, y gritando, y dando besos a cualquiera. Pero ya no le gusta más.