Estamos hablando de vidas. De una persona con familia y millones de seguidores. Con mucha gente que lo quería (y mucha otra que no). De un ser, de un hombre. No podemos alegrarnos por la muerte de nadie. No se puede. Aunque parece que muchos pueden.
Pensé que ya habíamos superado una etapa y ahora me doy cuenta que como sociedad estamos más atrás de lo que creemos y estamos convencidos. Podemos juzgar su actitud política, pero primero era, lamentablemente era, una persona.
Y, además, nadie se puede atrever a negar la pasión y el fanatismo con el que ejercía su cargo. Todo esto lo digo yo, Natalia, cero kirchnerista, pero sí una persona con los ojos y la cabeza abierta.